Del árbol a la magia – Mi aventura en el mundo del chocolate

Hola, soy Esha, tengo 15 años, y quiero contarles una historia que cambió para siempre la forma en la que veo el chocolate.

Desde que era más pequeña, el chocolate ha sido uno de mis sabores favoritos. Me encanta su dulzura, sus rellenos y todas las sorpresas que puede esconder. Cuando mi mamá empezó a estudiar más sobre el chocolate y a descubrir todo lo que se puede hacer con él, decidió que no solo lo íbamos a aprender en libros, sino que lo viviríamos desde el comienzo.

Así fue como empezó nuestra aventura.

Viajamos hasta San Pablo de Borbur, en Boyacá, a un lugar muy especial llamado Finca San Luis. Apenas bajamos del carro, un aroma delicioso nos dio la bienvenida. Era un olor cálido, profundo y reconfortante: el olor del chocolate antes de convertirse en chocolate.

Después de conocer a las personas que cuidan la finca, nos mostraron la habitación donde dormiríamos. Desde la ventana se podía ver algo increíble: los cerros de Fura y Tena. Mis papas me contaron, la leyenda que explica su origen, que el dios Are creó a un príncipe llamado Tena y a su amada Fura, prometiendose vida eterna si se mantenían fieles. Sin embargo, Fura fue tentada por el dios maligno Zarbe y rompió su promesa. Esto provocó la muerte de Tena, y las lágrimas de tristeza de Fura se convirtieron en esmeraldas. Finalmente, ambos se transformaron en los dos cerros que hoy custodian Boyacá. Una historia de amor, promesas y tristeza. En ese momento sentí que no solo estábamos visitando una finca de cacao, sino un lugar lleno de historia y magia.

Después de recordar esta maravillosa leyenda, mis papás y yo no queríamos irnos, pero la aventura tenía que continuar.

Al día siguiente, la aventura continuó entre árboles y mazorcas. Aprendí que el cacao no es siempre igual: hay mazorcas amarillas, rojas y oscuras, y cada color cuenta una historia distinta. Algunas son Nacional, otras Forastero, Criollo o Trinitario. Ese fue mi primer gran aprendizaje: el chocolate empieza siendo un fruto, y cada fruto es único.

Cuando abrimos las mazorcas, descubrimos el secreto mejor guardado: las semillas cubiertas de una pulpa blanca y dulce. Confieso que mi parte favorita fue probar esa fruta fresca, porque es sorprendentemente dulce y deliciosa.

Luego aprendimos cómo esa semilla se transforma en chocolate. La pulpa se retira, las semillas se fermentan, se secan, se tuestan y se descascarillan hasta obtener una pequeña almendra llamada nib. Cuando la muelen, se convierte en una pasta líquida: la base del chocolate, la manteca de cacao y el cacao en polvo. Fue increíble ver cómo algo tan simple se transforma en algo tan especial.

Ese día mi papá, como fue la persona con más fuerza, fue encargado en poner los nibs en un molino manual para transformarlos en el licor de Cacao.

Ese día preparamos chocolate para beber, pero no cualquier chocolate: era chocolate puro y real, sin azúcar. Al probarlo entendí lo que significa el “chocolate real”. Puede ser más intenso y amargo, pero también es más honesto y profundo en sabor.

Con esta experiencia, mi mamá empezó a crear bombones con chocolate colombiano y especias de la India, y yo empecé a mirar el chocolate con otros ojos. Aprendí que el chocolate que conocemos hoy nació cuando el cacao llegó a Europa desde estas tierras de latino América y se mezcló con la leche, y que muchas veces se le agregan ingredientes como el azúcar, leche en polvo para hacerlo más dulce o aceites vegetales para hacerlo más comercial.

También descubrí algo muy importante: la manteca de cacao es clave para que el chocolate se derrita justo a la temperatura de nuestro cuerpo, tenga brillo, suene “snap” al partirlo y deje sentir sabores frutales, florales o de nuez. Además, es una grasa natural y saludable. Y como dato curioso: entre más alto es el porcentaje de cacao, más amargo es el chocolate; entre más bajo, más dulce.

Hoy, después de este viaje, ya no veo una barra de chocolate como algo simple. Veo el trabajo de los cacaoteros, la tierra, el tiempo y el cuidado que hay detrás de cada bocado. Por eso, los invito a que la próxima vez que prueben un chocolate de Kimaya Chocolates, no solo lo saboreen, sino que también escuchen la historia que tiene para contar.

¡Dos Culturas!
¡Un Chocolate!

Escrito por –
Esha Salamanca Miranda

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